Conforme pasan los años, tengo más motivos para ser feliz,

para sentirme plena y satisfecha.

Pero tengo algo pendiente que me trae de cabeza.

No es posible renunciar de un día para otro a mis tendencias.

Algún día lo haré... Pero antes, debo agotarla.

Debo agotarme. Y el problema es que estoy llena de energía.

sábado, 23 de julio de 2011

Amnesia

Le dije a Enrique que estaría tres días fueras. Por supuesto, no le he contado la verdad, sino que  he tratado de ser muy sutil a la hora de explicar mi ausencia. Voy a visitar a una amiga que está de paso por Europa. La veo poco, al residir en América…
“Ah, vas a ver a la venezolana que te enseñó a preparar vieiras con leche de coco”.
-Sí, claro. Qué agudo eres, cielo. Mi amiga venezolana. Es un encanto. Te gustaría conocerla… A ver si alguna vez pudiésemos coincidir con ella.
Hoy estoy reflexiva. Es como si hubiese llegado a un momento de obligado balance sobre todos los asuntos que están bajo mi control.
Enrique trabaja duro para ser la pareja formal, quien va a enseñarme  a confiar, a amar, a comprometerme. Su empeño parece deberse a un reto parecido al que yo me he impuesto. Se siente motivado conforme ve respuestas en mí, y creo que eso es también lo que me alimenta a mí. Basar una relación en la valentía que hace frente a las carencias me resulta de lo más emocionante.
Llevo cuatro meses en Manchester. El cambio de ciudad ha sido un acierto, así como matricularme en la facultad de arte. Estoy aprendiendo a la par que decoro mi casa. Me he apuntado a algunas actividades relacionadas, me dedico a vender mis creaciones, voy haciendo contactos y colaboro con otros artistas con la intención de hacer un arte más completo. Es una labor que exige mucha dedicación, pero resulta sumamente reconfortante.
No he vuelto a escuchar gritar a la vecina. Mr Grant está controlado y tiene donde entretenerse. Va a pasar fuera de casa más tiempo del que le gustaría. Aún así, tengo pendiente una visita personalizada a su hogar, para comprobar algunas cosas de primera mano. Tengo que averiguar cómo es ella, y endilgar una cámara. Y ya puestos, sería la bomba registrar el despacho del don.
A veces sueño que me vuelvo amnésica y olvido quién soy en realidad… Olvido todas mis facetas, todas mis identidades y mis personalidades. No sé si me gusta dar o que me den. Y sí, reconozco que quizá esa sería la solución a mi medida, pero hoy por hoy, afirmo que no quiero olvidar quien soy. Y que me gusta dar. De hecho, tengo mucho para dar.
Pensaba todo esto mientras preparaba mi equipaje. Mónaco…


Estuve una vez de pasada, pero apenas lo recordaba. Sin embargo, un atisbo de familiaridad se despertó en mí al aterrizar en aquel diminuto país, donde el espacio disponible está tan bien aprovechado. Tanto, que no podía apenas vislumbrarse el contorno de la costa, al hallarse completamente redibujado por la precisión de la zona portuaria; por los retoques perfeccionistas del dibujo natural; por la infinidad de edificios, apiñados entre el monte y el mar. El colmo de la sofisticación.
Y ahí es donde se nutre mi profesionalidad. Sabiendo usar la fachada que me aporta el fundirme en un entorno tan frívolo y ostentoso…
Mi trabajo está previsto en la zona de Fontvieille. Me alojo en el Columbus. Cualquier lugar en Mónaco es tan discreto como llamativo. Giussepa Frederici me envía instrucciones a menudo, conforme se asegura previamente de que todo marcha según sus planes. Me dejo ver con mi apariencia británica por los lugares emblemáticos. Los alrededores del helipuerto, el Stade Louis II, toda la Avenue des Papalins. Me acerco al mar, a los enclaves del glamour, donde los niños son educados desde pequeños, instruidos en los lujos de su país. Al menos, en los que consiente la monarquía monegasca. Me fijo en los yates. Tanto niño me causa una impresión extraña. Tan monos, tan perfectamente ataviados con indumentarias que son un calco en miniatura de las de sus padres y madres. Me pregunto si entre ellos habrá algún descendiente bastardo del príncipe Alberto.
Las horas pasan lentas. He tenido ocasión de disfrutar a mi manera hasta que Giussepa Frederici me ha avisado por última vez.
Cuento con dos horas para acudir al hotel a cambiarme. Tardo apenas cuarenta y cinco minutos en caracterizarme como Mistress. Es algo que en sí mismo me causa un placer igualable, tan sólo, al hecho de cobrar tras una buena faena. Quizá os haya dado una impresión poco adecuada. Rectifico: No es el dinero lo que me mueve a moverme entre la élite del sado. Es que la preparación de un trabajo, sexualmente hablando, serían los preliminares. El servicio equivaldría al encuentro sexual. Y el cobro por los servicios viene a ser el orgasmo.
Tocan a la puerta. No puedo evitar sonreír. Tan sólo el instante previo a la apertura. Me detengo a contemplar al individuo que hay al otro lado, sin dejar aflorar mis emociones. Un chequeo rápido, para comprobar que no nos hemos visto previamente y una invitación directa y cruda. Un mandato que él está obligado a obedecer.
-Entra.
Una buena mistress debe ser suave a la hora de invitar, pero firme al controlar. El secreto estriba en pasar de una sonrisa a una mirada fría, sin dar tiempo a reaccionar y carecer de compasión para con el sumiso. Y un sumiso atrapado en la red de una buena mistress vive para su ama. No puede pensar en otra cosa que no sea en agradarla y obedecerla. Da igual que un sumiso lleve años de servicio. Funciona igual para quien cruza el umbral por vez primera.
Una vez dentro, no tiene salvación.