Enrique se acaba de ir. Hemos tenido nuestro encuentro diario, breve, para no hartarnos, pero regular, como cualquier otra rutina. Nuestra relación es curiosa… Ya sabéis a qué me refiero. Jamás entró en mis planes mantener una relación, del tipo que fuera, de no ser estrictamente necesario. Con lo cual, estoy infringiendo una de mis propias leyes. Aún así, no sucede nada malo. Es algo sencillo de manejar, y siento que lo hago por pura diversión.
Él tiene un problema. Cuanto más salimos juntos, más segura estoy. No le acaba de gustar la ciudad. Y a mí me resulta fascinante. No dejo de descubrir rincones apasionantes y propuestas a cual más interesantes. Su rechazo no es racional ni justificable. Viene de algo personal que aún no he descubierto. Pero me he propuesto ayudarle a descubrir ese rechazo. Necesito hacer eso por él, ya que no puedo hacer otras cosas.
Además, estar con él es enriquecedor. A menudo pienso en un adjetivo adecuado al nombre de las personas. Alguien llamado Plácido obligatoriamente tiene que resultar placentero. Del mismo modo que un tipo llamado Amador ha de ser bueno en la cama. Aunque no sé qué adjetivo derivaría de ese nombre. Pues el caso es que Enrique es sencillamente enriquecedor.
Me pregunto qué adjetivo aplicarle a Claudio...
Le conocí hace poco, en un chat erótico. Resulta que el tipo es escritor, aunque ignoro de quién se trata. No he leído más que lo que escribe bajo pseudónimo en un blog alternativo, ajeno a su obra comercial. Me ha costado un poco hacerme una idea real de su personalidad y sus hábitos puesto que lo que suelta es bastante curioso.
En el chat abundan las composiciones eróticas. De modo que él se mueve en su salsa. Le gusta requerir fragmentos o ejemplos de textos a sus contertulios, en general. Y luego selecciona trabajos exclusivamente femeninos, para realizar sobre ellos comentarios personales. Dichos comentarios apenas dejan entrever la opinión que le merece un texto. Sino que se centran en las pasiones que le despiertan. Es evidente por qué capta la atención sólo de mujeres. Le tira los tejos a todas. En realidad, no está interesado en la obra literaria de ninguna de ellas, pero le excita sobre manera utilizar el contexto literario como pretexto para sus acercamientos.
Conmigo procedió de la manera habitual desde que me conoció. Yo consto en el chat como escritora amateur, bajo el nombre de Trinidad. Y Claudio me resulta muy entretenido. Me regala el oído de mala manera. Me dice que soy sexy. Que le gustaría quitarme las medias. Me está malacostumbrando. Si alguna vez deja de decirme esas cosas que tanto me gustan, me enfadaré.
Tengo pocos momentos para estar sola, y no puedo renunciar a ello. Cuando ya ha pasado el día y he superado mi tiempo de estudio, la interpretación de mi personaje, la alimentación de mi relación y el cumplimiento de mis tareas, llega el premio de la jornada. Los juegos en red. La búsqueda de nuevas oportunidades. El incansable uso del dominio.
Aunque no siempre me conecto a ese chat. Así que la frecuencia con la que nos leemos es poco constante. La última noche me dijo que le gustaría conocer alguna de mis fantasías personales. Que me tomase mi tiempo para reflexionar. No sé qué se le habrá pasado por la cabeza; es decir, a saber qué es lo que él cree que puedo fantasear. Me hace gracia su insistencia.
El caso es que hoy tengo ganas de responderle. Él siempre dice que el sexo es una terapia. Que hablando de él, sobre él, o simplemente expresándose en términos eróticos o pornográficos, las personas pueden liberar sus inquietudes, sus miedos, sus fantasmas. Claro que creo en las terapias. Yo tengo una muy efectiva. Pero Claudio me ha malinterpretado. Mi problema no es sexual, porque tengo con quién. Sino sádico porque no tengo a quién.
Le he dedicado un relato en el que le expongo mi necesidad de dar palizas. Lo mucho que me excita servirme de él para explicar la mayor de mis fantasías. Le describo con pelos y señales cómo le secuestro y le obligo a mirarme mientras me calzo. Cómo hago que le tiemblen las piernas al preguntarle sólo una cosa: “¿A quién quieres? ¿A la chica que crees tonta? ¿A la que parece tonta? ¿O a la que se hace la tonta?”
En mi relato, Claudio no puede responder.
De todos modos, no iba a tener en cuenta su opinión. Cada golpe lo da una de nosotras.
¡Zas! Una cree que eres mío.
¡Zas! A otra le pareces mío.
¡Zas! Y la otra te va a hacer mío.
Justo cuando estoy a punto de decirle a Claudio que su alter ego sumiso literario provoca en mí un deseo irrefrenable de actuar, suena el móvil de Miss Shield. La noche en que Giussepa Frederici realizó su brillante trabajo, me llamó para agradecer el beneficio económico que Mr. Grant le iba a suponer. Y ahora, vuelve a contactarme y me propone un trabajo similar.
¡Qué bien!
-Dónde y cuándo.
-Mónaco.
-O.k. Gracias Giussepa.
Tengo una semana para organizar la escapada y la actuación. ¿No os lo había dicho? He consagrado mi vida al arte.
En la vida real, estoy ansiosa por conocer lo que Claudio tenga que responder.